Por: Jesús Serrano Aldape
Recuerden al detective Somerset, interpretado por Morgan Freeman en la película Seven (1995). Hay una escena en la cual él y el detective David Mills (Brad Pitt) discuten en un bar. El intercambio no es muy amable, Somerset está a unos días de retirarse, porque ya no entiende lo caótico y cruel que se está volviendo el mundo. Lee el periódico y lee de asesinatos horrendos perpetuados por el simple impulso de matar, como a uno al que le sacaron los ojos sólo para robarle diez dólares. Ese tipo de sin sentido es el que ha orillado a Somerset al retiro.
Y si piensan en John Doe (una sabia manera del guionista del film de decir tal por cual, es decir, cualquier ciudadano puede convertirse en un asesino así en la sociedad que nos ha tocado), el asesino serial, se darán cuenta que su rebeldía se fundamenta en exactamente el mismo miedo que está haciendo a Somerset retirarse, sólo que JD quiere predicar un ejemplo hacia esa sociedad, y Somerset prefiere hacerse a un lado, ya está demasiado viejo como para que le importe, además.
David Mills, que es un hombre visceral e instintivo, tras unos tragos, y tras escuchar atentamente a su colega, lo despacha con crudeza diciéndole que por más terrible que sea el mundo, no pensaba irse a vivir a una cabaña a ocultarse.
Luego su misma visceralidad y abuso del instinto lo pierde en el juego mental de JD, y al final el sermón del asesino queda para la posteridad, sobre todo porque su rebelión hace ver no sólo el lado puritano del repudio a la humanidad tasajeada por el pecado en su concepción judeocristiana, sino también un emblema de la podrida corrupción de la urbe en cada uno de los asesinados: un reflejo de la decadencia del sistema capitalista en sí mismo, como la chica materialista y vacía que ilustra la vanidad; el abogado cómplice de asesinos que representa la avaricia, o la misma ira irracional de David Mills que sólo haya consuelo en la autoaniquilación.
La escena en el bar es muy emblemática del problema de la posmodernidad. Es esa reticencia de las generaciones más viejas que ya están ajenas a lo que nos toca experimentar a las generaciones jóvenes. Y es que lo que está encontrando el viejo en nuestro presente es una forma de locura de la que difícilmente se puede escapar. Otro ejemplo lo encontrarán en la novela de Cormac McCarthy, No Country for Old Men, que después fue una estupenda película de los hermanos Cohen.
Pensemos entonces al asesino Chigurth, como un reflejo de ese mundo caótico que ya no necesita una razón de ser, es tan sofisticado, informado y terrible que ningún canon anterior lo define, es un monstruo gestado por la modernidad, en sí mismo. Chigurth no mata por el dinero, ni se rige por código moral, social o incluso ético. El profesa una ética tan incomprensible que su pensamiento es algo en verdad atemorizante. Su filosofía es una de las cosas más estremecedoras, es nada menos que el sentimiento del hombre moderno despojado de cualquier vínculo con la ralea humano, convertido en lo que Jean Baudrillard llamaría un signo.
Y cuando comienza la película ustedes creen que verán otra de esas películas en las que el sabueso de la ley persigue al asesino. Pero pueden ver que en una época tan oscura como la que se ambienta en la novela y en el filme, ni siquiera eso puede ser cierto, Ed Bell (Tommy Lee Jones) nunca tiene oportunidad de pescar al asesino, porque no lo entiende, no sabe lo que lo hace matar, y en ese enfrentamiento entre concepciones del pasado y del presente, Ed jamás tiene siquiera el temperamento para cazar a la presa, porque este hombre simplemente no tiene un código que lo ate y esa libertad tan pasmosa es una postal del caos que enfrentamos en la posmodernidad. Chigurth es un perfecto hombre moderno.
Como es el fin de las ideologías, el mal llamado Fin de la Historia, el fin del ciclo evolutivo de las artes, el sin sentido y la saturación de información son un signo que hace más complejos los fenómenos de la posmodernidad. Porque ya están tan mezcladas todas las facetas de la existencia, que no se puede sacar nada concreto de ella y cientos de miles de humanos no alcanzan más que a reverberar con su existencia los esquemas de ese sistema perfectamente creado para despojarlo de su YO, de lo que lo hace un individuo.
No hay sentido de lo auténtico, porque en la posmodernidad todo está creado (eso es lo que les harán creer, y lo que deben de rechazar), no hay estilos únicos (siendo que el estilo es su huella digital, su identidad), no hay creación como tal, porque todo creador se inspira en lo que ya está dado para unificar su propuesta (pero eso mismo puede ser una creación fuera de serie).
Y el mundo en esa concepción parece tan pequeño, que al final el único dios es el dinero, y tenerlo el fin último; y no el medio para llegar a otro fin. Así el ser humano sólo conoce la libertad de elegir las opciones que ese sistema imbécil le da a elegir.
Ante tal abrumadora cantidad de reformulaciones parece ser que no queda la posibilidad en el capitalismo tardío que describe Fredric Jameson, de emerger ileso de ese sin sentido. Porque el pensamiento del hombre está lobotomizado, la existencia se reduce a consumir y a morir, y en ese interludio la sociedad masa está llamada a llenar el vacío de sus insignificantes existencias con cualquier producto que le venda un poco de iluminación, un poco de rebeldía de escaparate, antes de recordarle lo prescindible que éste es si no posee.
El panorama de la incertidumbre que embarga y acongoja al hombre racional es no encontrar razón para esa serie de cambios. Jameson habla además de ese mundo interconectado en que no importa en qué forma intentemos estar al margen de la decadencia, cuando hemos comprado un refrigerador, probablemente hayamos contribuido indirectamente a que ese monstruo del mercado llamado General Electric colabore para desarrollar armas que matarán niños en Ruanda ( y esa es la interconectividad de la globalización).
O el coltán de África, ese nuevo oro de nuestra época que es necesario para desarrollar la tecnología de los teléfonos celulares, y que proviene de minas en lo más profundo y miserable del continente africano, donde la esclavitud no ha sido abolida, y sin el empuje de esa mano de obra barata el esplendor de las super sociedades europeas sería impensable.
O del narco en México, que ahora ya no funciona como una empresa familiar, como un negocio artesanal, ahora han asumido la lógica de la gran empresa, y todas sus características, de tal modo que no basta más que imaginar a un Telmex que esquilma y extorsiona, esta vez con el carácter del uso de la violencia, un Estado inservible y una clase política de absurdos esperpentos.
Es en definitiva el tema más reflexivo del curso, porque implica un autoexamen, e implica aceptar su lugar en el mundo y en la historia que ocupamos. Y si nos conformamos con el lugar que debemos tener (porque así no lo ha dicho la institución dominante), o el que queremos labrarnos en los breves sesenta años (promedio) que nos tocan en este mundo.
Como tal, la ignorancia es felicidad, porque pudimos vivir felizmente el resto de nuestras vidas sin preguntarnos todo lo que trae consigo la posmodernidad y de vez en cuando despertar a media noche sudando y luego levantarnos para paliar la pesadilla con un somnífero que nos permitiera volver a ponernos la venda en los ojos. Un abrazo, un beso al ser amado y volver al olvido. Y quizá esa pesadilla no volviera nunca, o quizá nos haría terminar al final del cañón de una pistola.
La inclemente forma de terminar con el individuo en la posmodernidad, y volverlo una cifra, o menos que eso: volverlo sólo un eco inaudible de la enorme nada que se expande detrás de esos sueños y promesas vacías. Pero una vez más, el ser humano debe ser más grande que ese dilema.
Así, la mayoría de nosotros debemos ser una mezcla entre Somerset y David Mills, un híbrido que hermane la valentía del segundo con la poderosa racionalidad y humanismo del primero. Ese híbrido podría aceptar que este mundo caótico y terrible es el que nos tocó y que debemos actuar en consecuencia, y que la misma posmodernidad pone dentro de todo su caos y miasma, un reducto en el que aquel que se reconoce, y que logra sortear estos vientos adversos, puede aportar algo a la solución de este rompecabezas y dejar algo invaluable detrás de sí, algo que nos permita darle un nuevo horizonte a nuestro devenir.
Esa es su tarea amigos, y comienza desde hoy.
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